En un momento sintió la pena de todas las penas juntas,
como si volviera a encontrarse con todos los duelos que andaban escondidos.
Una ráfaga de realidad descarnada le trajo un crepúsculo de rojizos dramáticos;
la tristeza y la belleza fundidas, como dos amantes.
Hacía muchos domingos que no sentía la melancolía de sus tardes interminables,
esa nube gris que crece y avanza para engullir la alegria de un espíritu intenso como el suyo,
que abraza la tarde,
que abriga su frío,
y la acuna hasta dormirla,
o hasta que llegue un amanecer amable.

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