Le gusta revisarse en medio de tantas primaveras,
repasar sus rincones desde donde empezaron a dibujarse las aristas y relieves de un mapa emocional en el que se reconoce.
Las primera cuadrícula tiene todos sus ángulos llenos de admiración y cariño por sus dioses padres,
después, vulnerables e imperfectos, los quiso aún más.
También hay un rincón de pensar, donde solo pensaba en jugar,
y un vértice más oscuro de confesionario y culpa, por su culpa, por su grandísima culpa..., que sirvió para quitarse algunas cáscaras morales y seguir a su rosa de los vientos.
Guarda rincones luminosos de un instituto que olía a café y tiza y donde ensayaba a cuatro voces.
También tuvo durante muchos años un English corner para enseñar y, sobre todo, aprender.
Hay algunos más escondidos en cines, bancos y parques, de un amor de no me olvides,
y otro de alcoba,
de felicidad honesta, imperfecta y cotidiana.
Allí también mecía un sillón de madre lactante y pletórica, cuando soñaba por ellas y donde ha llorado ríos por queridas ausencias.
Rincones de lectura, de música e inspiración, su mejor terapia,
y en sus primeros bares con amigas para toda la vida, y que no volvió a ver.
Otros siguen reservados para quienes siempre están.
En uno de sus preferidos, iluminado por Auxo, la pequeña Cárite que la protege, y por donde se filtra la belleza y la alegría, agradece y celebra la vida cada año, con aquella niña feliz y curiosa que cuenta los espacios de la rayuela pero nunca el tiempo,
que mira con el corazón y que aún desconoce este mundo tan enfadado.






